hombres gay señalado por otro

¿Por qué me siento insuficiente siendo un hombre gay?

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¿Tienes la sensación de que nunca eres suficiente?

Porque, ¿qué es ser suficiente en tu cabeza?

Puede que tengas un buen trabajo, amigos, pareja o incluso un físico envidiable. Y sin embargo, por dentro hay una voz que insiste en decirte que todavía te falta algo. Que deberías ser más atractivo, más interesante, más seguro, más masculino, más exitoso o más deseado.

Quizás te comparas constantemente con otros hombres. Sientes que siempre juegas en desventaja. O que, por mucho que consigas, nunca termina de desaparecer esa sensación de inferioridad. En seguida aparece un logro o hito nuevo que alcanzar.

Si te reconoces en esto, no estás solo. Muchos hombres gays viven con una sensación permanente de insuficiencia, aunque pocas veces hablen de ella. Sin embargo, al observar atentamente, muchas de sus conductas lo reflejan.

La buena noticia es que esa sensación no define quién eres y tiene una historia detrás. Detectarla y nombrarla es el primer paso para dejar de cargar con ella.

La sensación de no ser suficiente forma parte del ser humano

Todos nacemos incompletos. Filosofías orientales como el budismo lo recalcan de forma constante.

La sensación de que todavía podemos mejorar forma parte de nuestra naturaleza. Gracias a ella aprendemos, evolucionamos y desarrollamos nuevas capacidades.

El problema aparece cuando esa incompletitud deja de ser un impulso para crecer y se convierte en una prueba constante de nuestro valor: «si aún estoy incompleto o no he alcanzado lo que deseo, no valgo o valgo menos que quien sí lo alcanzó».

Pero ahí ya no buscamos mejorar por ilusión. Lo hacemos porque sentimos que sólo seremos dignos de amor cuando alcancemos un determinado nivel que nos hemos marcado de forma mental.

Y esa meta nunca llega.

¿De dónde nace el complejo de inferioridad?

Nuestra autoestima no aparece de la nada. Durante la infancia y la adolescencia construimos la imagen que tenemos de nosotros mismos a través de las respuestas que recibimos de las personas importantes de nuestro entorno.

Si creciste con padres muy críticos, autoritarios o con un amor condicionado, probablemente aprendiste que valías cuando hacías las cosas bien, pero no por ser quien eras.

Quizás tus errores eran más visibles que tus aciertos. Tal vez sentías que nunca cumplías las expectativas.

También puede ocurrir lo contrario.

Padres emocionalmente ausentes, negligentes o demasiado permisivos pueden transmitir la sensación de que uno no merece atención, protección o guía. El niño acaba interpretando ese abandono como una señal de que no es suficientemente importante. Y aparece una emoción que muchos psicólogos dejan en un ángulo muerto y no trabajan: la vergüenza.

Además de la familia, influyen muchas otras experiencias:

  • El colegio.
  • Los compañeros.
  • El barrio.
  • Los profesores.
  • Los medios de comunicación.
  • Las burlas.
  • El rechazo.

Todo ese conjunto de experiencias va dejando una huella sobre la manera en que aprendemos a mirarnos y a sentir vergüenza de nosotros mismos.

Con el tiempo dejamos de escuchar las críticas de los demás porque empezamos a repetirlas nosotros mismos.

Cuando eres un hombre gay, la herida puede hacerse más profunda

Muchos hombres gays han crecido sintiendo que había algo malo en ellos que debían esconder. Otra vez la vergüenza y estaba vez acompañada de la culpa. Antes incluso de descubrir completamente nuestra orientación sexual, ya hemos recibido mensajes sobre cómo debía comportarse «un hombre de verdad»:

«No seas tan sensible.»

«No hagas eso.»

«Pareces una niña.»

«Qué maricón.»

Estos comentarios pueden parecer pequeños cuando se escuchan desde fuera, pero repetidos durante años acaban moldeando una identidad. El niño (independientemente de su orientación sexual) aprende que una parte de sí mismo genera rechazo.

Cuando eso ocurre, la conclusión suele ser muy dolorosa:

«Si enseño quién soy realmente, dejarán de quererme.»

Muchas personas llegan a la edad adulta sin haber cuestionado esa creencia. Simplemente viven intentando compensarla.

La comparación constante tampoco ayuda

Vivimos rodeados de imágenes de hombres aparentemente perfectos y muy masculinos en redes sociales y en influencers, en apps de ligue, en la publicidad y las series, en la pornografía…

Todo parece transmitir el mismo mensaje: para ser deseado hay que cumplir determinados estándares.

Cuerpo musculado.

Hipermasculinidad.

Juventud.

Seguridad absoluta.

Éxito profesional.

Vida social perfecta.

El problema es que nuestra mente no compara nuestra realidad con la realidad de los demás. La compara con la mejor versión que cada persona decide editar y mostrar al resto.

Es una comparación que siempre está perdida de antemano.

Si además ya arrastras una autoestima frágil, cualquier comparación desequilibrada o rechazo confirma aquello que ya sospechabas: «no soy suficiente.»

Cuando interiorizas la mirada de los demás

Con el paso de los años dejamos de necesitar que otros nos critiquen. Aprendemos a juzgarnos solos. Es como si lleváramos una voz dentro que vigila constantemente nuestros defectos.

«No eres atractivo.»

“Das asco”

“Nadie te va a querer”

«No eres interesante.»

«Seguro que prefiere a otro.»

«Nunca vas a encontrar pareja.»

Cada rechazo, cada cita que no funciona o cada comentario negativo alimenta esa voz y obtienes tu dosis de vergüenza. Y el ambiente y contexto gay puede ser muy cruel en ese sentido.

Muchas veces incluso ocurre algo todavía más doloroso. En lugar de enfadarte con quien te rechaza, le das la razón.

Piensas:

«Claro que no iba a quererme.»

«Es normal que me haya cambiado por otro.»

«Yo tampoco me elegiría.»

Sin darte cuenta, has convertido las opiniones ajenas en la forma en la que tú mismo te defines. Y cualquier hecho que contradiga que somos lo peor, lo obviamos. Elegimos sólo los hechos que confirman nuestra sensación de ser inadecuados.

Las emociones que solemos esconder

Detrás de la sensación de insuficiencia suelen aparecer emociones difíciles de reconocer.

La tristeza por no haberse sentido visto.

La vergüenza por creer que hay algo defectuoso en uno mismo.

La culpa por no cumplir las expectativas.

El miedo a ser rechazado otra vez.

Muchas personas intentan escapar de esas emociones manteniéndose siempre ocupadas, buscando validación constante o anestesiándose con sustancias que al final potenciarán todavía más el bucle de dichas emociones, retroalimentándolo.

La herida sigue ahí. Sólo queda tapada de forma momentánea en una frustrante y desgastante huida hacia delante.

Las estrategias que utilizamos para sobrevivir

Cuando una persona se siente inferior, intenta protegerse.

El problema es que muchas de esas estrategias terminan aumentando el sufrimiento.

Por ejemplo:

  • Buscar constantemente la aprobación de los demás.
  • Intentar ser perfecto en el trabajo o en los estudios.
  • Obsesionarse con el gimnasio o con el aspecto físico.
  • Necesitar tener siempre pareja para sentirse válido.
  • Buscar bastante sexo como una forma de recibir validación.
  • Evitar relaciones por miedo al rechazo.
  • Adaptarse continuamente para agradar.
  • Esconder la propia vulnerabilidad detrás de una imagen de seguridad.

En el fondo todas estas estrategias persiguen el mismo objetivo:

«Si consigo ser suficientemente bueno, dejaré de sentirme insuficiente.»

Pero ocurre justo lo contrario. Cuanto más dependemos de la aprobación externa, más frágil se vuelve nuestra autoestima, pues perdemos el control sobre ella. Pierdes el poder de autovalorarte y se lo entregas a otros, que pueden hacer lo que quieran con él.

¿Se puede dejar atrás esa sensación?

Sí.

Pero no ocurre simplemente repitiéndote frases positivas delante del espejo.

La sensación de insuficiencia no desaparece porque alguien te diga que eres maravilloso. Comienzas a gestionarla cuando empiezas a detectar esa voz crítica, le pones un nombre y tomas distancia de ella. Y poco a poco aprendes a dejar de obedecerla con paciencia, compasión y, muchas veces, con un buen acompañamiento profesional.

Eso implica revisar muchas creencias que quizá llevas arrastrando desde hace años y que se activan de forma automática. Y no sólo confrontar a la voz desde lo racional.

La sensación de insuficiencia es un patrón que se repite y que se activa de forma casi inconsciente ante determinadas situaciones o estímulos.

Hay que aceptar que la mayoría de esas creencias no nacieron de ti. Que fueron aprendidas. Por tanto, también puede reaprenderse el peso que les damos.

Otras fueron conclusiones sesgadas que tú sacaste y asimilaste en coherencia con esas otras creencias que otros pusieron en tu mochila.

Si poco a poco empiezas a relacionarte contigo y con tus emociones de otra manera, ya no necesitarás demostrar constantemente que vales. Adquieres esa cierta independencia y poder de acción. Consigues capacidad para vivir y actuar desde tus propios criterios, con una nueva libertad más relajada.

Las inseguridades no desaparecen. Todos las tenemos. Pero dejan de dirigir tu vida.

No tienes que demostrar constantemente que mereces ser querido

Tal vez llevas muchos años intentando compensar una sensación que comenzó cuando eras un niño. Intentando ser mejor, más fuerte, más atractivo o más exitoso para sentirte suficiente.

Sin embargo, la solución rara vez consiste en exigirte todavía más. Eso sólo agota, desgasta, frustra y decepciona.

La solución a menudo empieza cuando dejas de tratarte como te trataron otras personas y empiezas a tratarte de forma más amable. Seguramente como tú les tratarías a ellos.

Si has vivido durante años sintiéndote inferior, comparándote constantemente o creyendo que nunca eres suficiente, puede ser el momento de empezar a entender de dónde viene esa herida y aprender una forma diferente de relacionarte contigo mismo.

No porque haya algo roto en ti.

Sino porque llevas demasiado tiempo fusionado con una historia sobre ti que nunca fue del todo cierta.

¿Te está pasando esto?

Si te has sentido identificado, podemos trabajarlo en consulta online.

Daniel Viñas Molina – Doctoralia.es
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